# Ceniza que recuerda su forma

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- Sección: Poesía · Evangelios del Desamor
- Autor: Marcos Sánchez (https://sanchezmarcos.me/sobre-mi)
- Publicado: 2026-03-22

Un poema en cinco movimientos sobre el fuego como lenguaje del desamor: las cartas que se queman, el silencio que se aprende, la manipulación que se hereda y la terquedad de buscar en la ceniza algo que todavía recuerde su forma.

**I.**

No te fuiste con los pies.  
Te fuiste con el aire,  
con el sonido que hacían las cosas  
cuando todavía tenían nombre.

La casa siguió pronunciándote por accidente:  
la bisagra que crujía en tu sílaba exacta,  
la canilla goteando el ritmo  
con que decías buenas noches.

Yo me quedé en el centro de un mapa  
al que le habían arrancado los bordes.  
Cada calle terminaba  
donde empezaba tu ausencia  
y los relojes seguían contando  
pero ya no medían nada  
sólo el peso específico  
de una habitación que respira sola.

Olía a víspera de incendio.  
Todavía no sabía  
que el humo ya estaba adentro.

**II.**

Quemé las cartas  
como quien quema su propia piel.

No fue un gesto:  
fue una liturgia sin testigos,  
un sacramento al revés  
donde lo sagrado se ofrece al fuego  
para que el fuego lo devuelva limpio.

Pero el fuego no devuelve.

Ardió primero tu letra,  
antes que el papel, como si la personalidad  
muriera antes que el cuerpo.  
Vi desintegrarse la fecha que anotaste al margen,  
el surco de tinta donde apretaste de más  
al escribir mi nombre,  
la mancha de tu pulgar  
en la esquina de la tercer hoja:  
tu huella dactilar,  
tu pequeña firma involuntaria.

Ataúdes de cursiva  
cerrándose uno por uno en el fuego.

Y descubrí la paradoja:  
mientras arden, las palabras brillan  
más que cuando fueron escritas.  
Por un instante  
todo lo que callaste  
fue legible a la distancia.  
Después, nada.

Gris sobre mis dedos.  
Olor que no se va en días.  
La ceniza se instaló en la casa  
como una mascota que nadie adoptó  
y que sin embargo se queda.

Fue entonces, con los dedos todavía tibios,  
con la garganta llena de papel deshecho,  
que entendí quién encendió esta hoguera con mi sangre.  
Yo sólo puse el fósforo.  
Vos pusiste todo lo que podía arder.

**III.**

Me enseñaste un idioma  
y después lo declaraste lengua muerta.

El silencio como cuchillo,  
la distancia como armadura:  
tus dos herramientas favoritas,  
tan precisas que parecían quirúrgicas.

Aprendí a leer tus puertas.  
Nunca las cerrabas del todo  
siempre una rendija,  
siempre esa línea de luz que decía  
vení si te animás,  
pero si venís perdiste.

Encendías cerillas en manos ajenas  
con la exactitud de un relojero.  
Pequeños incendios calibrados  
para que yo los viera arder desde lejos,  
vigilante nocturno de un amor  
que se repartía en lunas ajenas.

Me volviste centinela de tu ausencia  
y acepté el puesto  
como quien acepta un turno de noche  
en un trabajo que ya finalizó:  
por costumbre,  
por no saber hacer otra cosa.

Mi cuerpo aprendió tus horarios  
como un animal aprende la descarga:  
el teléfono que vibra y el corazón que salta,  
el silencio durante el día como castigo,  
el mensaje breve como recompensa.

Y cuando te ibas  
lo hacías con esa levedad  
de quien ya decidió  
que el otro pesa demasiado  
para llevarlo consigo.

No con rencor. Peor:  
con la serenidad de quien suelta  
una moneda en una fuente  
y ni siquiera pide un deseo.

**IV.**

Hoy me miras con reproche  
porque aprendí tu coreografía.

Paso atrás.  
Silencio.  
Puerta que se cierra  
con la dosis justa de misterio.  

No fue un estudio, fue una infección.  
Tu modo de amar se me metió en los huesos  
como una fiebre que no da temperatura  
pero cambia la postura del cuerpo entero.

Ahora cierro puertas con tu ambigüedad exacta.  
Ahora dejo rendijas donde antes dejaba el alma.  
Ahora mi voz dice cosas  
que suenan como las que decías vos  
y es la peor forma de tenerte:  
habitado por tu sintaxis  
en lugar de por tus manos.

Te indigna reconocer tus pasos en los míos.  
Pero fuiste vos quien me enseñó  
que el amor se deletrea  
con la boca cerrada.

Alguna vez —parece otro siglo—  
me repetía en la oscuridad:  
todavía estoy a tiempo  
de merecer el fuego que le das a cualquiera.

Ya no me repito nada.  
Y eso también lo aprendí de vos.

**V.**

Aun así,  
todavía busco —terco, incurable—  
entre los restos de lo que encendimos.

No busco una carta.  
No busco una palabra.  
Busco con las manos desnudas  
algo que no sé nombrar:  
una temperatura,  
un pliegue del aire  
que recuerde cómo era  
estar cerca sin que doliera.

Dicen que en Pompeya  
la ceniza conservó la forma de los cuerpos.  
Que hay un hombre y una mujer  
abrazados bajo la lava  
exactamente como estaban  
en el último segundo en que creyeron  
que el volcán no iba en serio.

Por eso no quemo estas líneas.  
Porque si alguna vez alguien las encuentra  
—si alguien escarba en lo que fuimos—  
quiero que sepa  
que hubo algo acá  
que el fuego no pudo disolver,  
algo que se negó a ser sólo humo,

Ceniza que recuerda su forma.
