Ceniza que recuerda su forma
I.
No te fuiste con los pies.
Te fuiste con el aire,
con el sonido que hacían las cosas
cuando todavía tenían nombre.
La casa siguió pronunciándote por accidente:
la bisagra que crujía en tu sílaba exacta,
la canilla goteando el ritmo
con que decías buenas noches.
Yo me quedé en el centro de un mapa
al que le habían arrancado los bordes.
Cada calle terminaba
donde empezaba tu ausencia
y los relojes seguían contando
pero ya no medían nada
sólo el peso específico
de una habitación que respira sola.
Olía a víspera de incendio.
Todavía no sabía
que el humo ya estaba adentro.
II.
Quemé las cartas
como quien quema su propia piel.
No fue un gesto:
fue una liturgia sin testigos,
un sacramento al revés
donde lo sagrado se ofrece al fuego
para que el fuego lo devuelva limpio.
Pero el fuego no devuelve.
Ardió primero tu letra,
antes que el papel, como si la personalidad
muriera antes que el cuerpo.
Vi desintegrarse la fecha que anotaste al margen,
el surco de tinta donde apretaste de más
al escribir mi nombre,
la mancha de tu pulgar
en la esquina de la tercer hoja:
tu huella dactilar,
tu pequeña firma involuntaria.
Ataúdes de cursiva
cerrándose uno por uno en el fuego.
Y descubrí la paradoja:
mientras arden, las palabras brillan
más que cuando fueron escritas.
Por un instante
todo lo que callaste
fue legible a la distancia.
Después, nada.
Gris sobre mis dedos.
Olor que no se va en días.
La ceniza se instaló en la casa
como una mascota que nadie adoptó
y que sin embargo se queda.
Fue entonces, con los dedos todavía tibios,
con la garganta llena de papel deshecho,
que entendí quién encendió esta hoguera con mi sangre.
Yo sólo puse el fósforo.
Vos pusiste todo lo que podía arder.
III.
Me enseñaste un idioma
y después lo declaraste lengua muerta.
El silencio como cuchillo,
la distancia como armadura:
tus dos herramientas favoritas,
tan precisas que parecían quirúrgicas.
Aprendí a leer tus puertas.
Nunca las cerrabas del todo
siempre una rendija,
siempre esa línea de luz que decía
vení si te animás,
pero si venís perdiste.
Encendías cerillas en manos ajenas
con la exactitud de un relojero.
Pequeños incendios calibrados
para que yo los viera arder desde lejos,
vigilante nocturno de un amor
que se repartía en lunas ajenas.
Me volviste centinela de tu ausencia
y acepté el puesto
como quien acepta un turno de noche
en un trabajo que ya finalizó:
por costumbre,
por no saber hacer otra cosa.
Mi cuerpo aprendió tus horarios
como un animal aprende la descarga:
el teléfono que vibra y el corazón que salta,
el silencio durante el día como castigo,
el mensaje breve como recompensa.
Y cuando te ibas
lo hacías con esa levedad
de quien ya decidió
que el otro pesa demasiado
para llevarlo consigo.
No con rencor. Peor:
con la serenidad de quien suelta
una moneda en una fuente
y ni siquiera pide un deseo.
IV.
Hoy me miras con reproche
porque aprendí tu coreografía.
Paso atrás.
Silencio.
Puerta que se cierra con la dosis justa de misterio.
No fue un estudio:
fue una infección.
Tu modo de amar se me metió en los huesos
como una fiebre que no da temperatura
pero cambia la postura del cuerpo entero.
Ahora cierro puertas con tu ambigüedad exacta.
Ahora dejo rendijas donde antes dejaba el alma.
Ahora mi voz dice cosas
que suenan como las que decías vos
y es la peor forma de tenerte:
habitado por tu sintaxis
en lugar de por tus manos.
Te indigna reconocer tus pasos en los míos.
Pero fuiste vos quien me enseñó
que el amor se deletrea
con la boca cerrada.
Alguna vez —parece otro siglo—
me repetía en la oscuridad:
todavía estoy a tiempo
de merecer el fuego que le das a cualquiera.
Ya no me repito nada.
Y eso también lo aprendí de vos.
V.
Aun así,
todavía busco —terco, incurable—
entre los restos de lo que encendimos.
No busco una carta.
No busco una palabra.
Busco con las manos desnudas
algo que no sé nombrar:
una temperatura,
un pliegue del aire
que recuerde cómo era
estar cerca sin que doliera.
Dicen que en Pompeya
la ceniza conservó la forma de los cuerpos.
Que hay un hombre y una mujer
abrazados bajo la lava
exactamente como estaban
en el último segundo en que creyeron
que el volcán no iba en serio.
Por eso no quemo estas líneas.
Porque si alguna vez alguien las encuentra
—si alguien escarba en lo que fuimos—
quiero que sepa
que hubo algo acá
que el fuego no pudo disolver,
algo que se negó a ser sólo humo,
Ceniza que recuerda su forma.
